Durante décadas se pensó en la bomba biológica de carbono como un proceso más o menos lineal: las partículas orgánicas caen desde la superficie y, cuanto más profundo llegan, menos carbono transportan, simplemente porque se van consumiendo en el camino. Pero un estudio publicado en Science Advances (DOI: 10.1126/sciadv.aef3182) suma una variable que no estaba en la ecuación: la presión hidrostática misma. Según los datos publicados en la revista, el aumento de presión a medida que las partículas se hunden induce la liberación de materia orgánica disuelta desde esas partículas que caen rápidamente.
¿Y qué tiene que ver eso con la comida? Esa materia orgánica que se libera no desaparece: queda disuelta en el agua, disponible en capas donde antes no se esperaba encontrarla. Lo que rompe la intuición es que este mecanismo, ligado pura y exclusivamente a la física de la presión, contribuye a explicar por qué el flujo de carbono se atenúa con la profundidad. No es solo cuestión de consumo biológico en el trayecto, como se asumía; hay una parte del proceso que ocurre por el simple hecho de que el agua aprieta cada vez más fuerte.
El hallazgo obliga a repensar los modelos que calculan cuánto carbono llega realmente al fondo oceánico, uno de los engranajes clave del ciclo global del carbono. Si la presión libera materia orgánica disuelta antes de lo previsto, los cálculos que no incluían esa variable podrían estar subestimando o malinterpretando parte del recorrido del carbono en su viaje hacia las profundidades.
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