Durante mucho tiempo se habló de los humanos como «superdepredadores»: una presencia que, solo con aparecer, dispara alarmas en cualquier animal salvaje. Pero un metaanálisis publicado en Ecology Letters, que revisó tres décadas de investigaciones sobre comportamiento animal, matiza bastante esa idea. Lo que encontraron los autores es que no todas las actividades humanas pesan lo mismo sobre la fauna: hay una jerarquía clara según el tipo de interacción.
Las actividades letales, como la caza, sí generan cambios de conducta contundentes. Las especies afectadas aumentan la vigilancia y reducen el tiempo que dedican a forrajear en las zonas donde ocurren estas actividades. Ahora bien, cuando la interacción es no letal pero activa (el turismo es el ejemplo que da el estudio), el patrón se repite pero mucho más débil: muchas especies apenas muestran cambios, o ninguno. Y con las interacciones no letales pasivas, como la presencia de carreteras, la respuesta es directamente errática, altamente variable de un caso a otro.
En conjunto, el miedo inducido por humanos sí produce respuestas que, a grandes rasgos, coinciden con lo que predice la hipótesis de asignación de riesgo (esa idea de que los animales dosifican su vigilancia según el peligro real de cada situación). El dato que rompe la intuición es justamente ese: no hace falta que un humano cace para modificar el comportamiento de un animal, pero tampoco basta con estar presente para generar el mismo efecto que dispara un rifle. La magnitud del impacto depende, y bastante, de qué tipo de humano ha aparece en el paisaje.




